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     MOTÍN DE LA TRUCHA

 

 

          Una vez instaurado el Común, por el fuero de Fernando I, para atajar los abusos que la nobleza emprendía con la clase popular, Benito el Pellitero, hombre de limpia conciencia y reconocida honestidad, ofrecía el liderazgo en la defensa del pueblo. Los bienes comunales, la justicia y el orden de la ciudad quedaban en manos de los hombres elegidos por el pueblo, acto que irritaba y reprochaba la clase noble.

Benito el Pellitero comparte vida con su hijo, de apenas veinte años, Pedro y su pequeño negocio de pieles, en lo alto de la cuesta de Balborraz.

Pedro, enamorado de una joven hidalga, oye, no sin recelo, el consejo de su padre de abandonar tal propuesta, pues hijos de menestrales nunca podrán pretender a una hija de caballero y menos cuando se trata de la hija del hidalgo D. Gómez Álvarez de Vizcaya, arrogante y poderoso señor que menosprecia a los plebeyos.

Una de las injusticias que el pueblo no había podido vencer era el hecho de que los criados de los nobles pudieran comprar, en ausencia de los plebeyos, hasta las 9 de la mañana, hora en la que sonaba una campana y daba paso al mercado al resto del pueblo para adquirir las migajas que habían dejado los nobles.

Corría el gélido enero de 1158 cuando Pedro, el hijo del Pellitero, hace espera, junto a la plaza del mercado, hasta que la campana dé la señal para poder realizar las compras.

Son las 9 en punto cuando la campana anuncia el derecho de los plebeyos a entrar en el mercado. Una multitud de gente se abalanza por los puestos que llenan la plaza. Pedro se dirige al puesto de un pescador amigo suyo, el cual le ofrece una magnífica trucha sanabresa, que por milagro la habían dejado los ambiciosos nobles. En ese instante aparece el criado de Don Gómez Álvarez de Vizcaya exigiendo con soberbia, aún habiendo pasado su hora, la trucha para su amo. Comienza una discusión acalorada en la que el criado no solo quiere para él la trucha sino que, además, se mofa de que un plebeyo como el hijo de Benito el Pellitero pretenda el amor de su ama la hija de Don Gómez Álvarez de Vizcaya. Pedro, al verse humillado pierde la razón y tras un fuerte forcejeo clava su daga en el corazón del grosero criado. La multitud arremolinada, fuera de asustarse se entusiasma con lo acaecido, pues hasta ahora nadie se había atrevido a poner justicia ante los atropellos de los nobles. Entre vítores jalean y cogen a hombros al joven Pedro que no sale de su asombro.

Poco duró la alegría, pues Don Gómez, al tener constancia del atropello dio cuenta al Justicia Mayor y pidió venganza. Pedro el Pellitero y los que lo llevaban a hombros fueron arrestados en medio de una multitud silenciosa pero encolerizada.

Al día siguiente en la iglesia de San Román estaba todo preparado para celebrar el consejo de los fijodalgos, y así a las doce en punto da comienzo, presidido por el joven Don Ponce de Cabrera, cuyo padre era el secretario de Fernando II de León.

Muerte y escarmiento fue el clamor unánime de los nobles ante la afrenta de los plebeyos. Había que cortar de una vez por todas los derechos que el fuero del Rey les había otorgado.

Pronto las decisiones del Consejo llegaron a oídos del indignado pueblo que no dudó en manifestarse al frente de Benito el Pellitero, que pedía calma a la muchedumbre y súplica ante los nobles para conmutar la pena de muerte a la que habían impuesto a su hijo. Entre tanto, la iglesia se ve rodeada por una multitud acalorada y ansiosa de justicia, en su interior, los nobles armados se proponen aplastar el levantamiento.

Al grito unánime de: “¡Quemarlos dentro!”, el pueblo corre a la Plaza de la Leña y acarrea tanta que, al poco, el templo arde como una tea. Todo el edificio termina por derrumbarse y aplasta en su interior a cuantos allí estaban. Solo Ponce de cabrera consigue huir con espada en mano, pero es inmediatamente dado muerto por la multitud. Su cuerpo yace en un sepulcro olvidado en la catedral.

Al mismo tiempo, prenden fuego a la cárcel que estaba en la misma plaza, liberando así a los hombres que habían sido injustamente apresados por los pérfidos nobles.

En medio del fuego y destrucción, ante el atónito de la gente, la Sagrada Hostia abandona la custodia por una grieta, cerca del púlpito, y volando por el aire se refugia en la Capilla de las Dueñas, un edificio a escasos metros de la iglesia devastada. La Dueñas era un grupo de viudas, en mayor parte de caballeros caídos en el campo de batalla, y que habían decidido, sin ser religiosas, vivir en comunidad y practicar la asistencia a los más desfavorecidos.

La revolución llegó hasta las mismas puertas de la casa de Don Gómez Álvarez de Vizcaya que, al igual que el templo de San Román, fue también fruto de las llamas. Inés, que así se llamaba la hermosa hija de Don Diego, imploraba socorro desde uno de los ventanales. Pedro el Pellitero, que ya había sido liberado, no dudó en entrar, aún a riesgo de su vida, para salvar a su amada. Ambos pudieron salir de milagro de ese infierno. Pedro, arrepentido del escenario en que se había convertido su desdén, renuncia al amor que siente por Inés, como expiación a sus pecados. Ésta, afligida, decide vivir en comunidad con las Dueñas.

Pasado el alborozo, el pueblo teme la represalia que seguro han de tomar los nobles de otras ciudades. Con gran tristeza deciden abandonar la ciudad. Eran más de siete mil con mujeres e hijos los que parten, gobernados por Benito el Pellitero, hacia tierras portuguesas, por el camino de Ricobayo.

Antes de cruzar el Duero, para entrar en tierra extraña, Portugal, acuerdan enviar una comitiva a León para pedir clemencia al Rey. Si éste la acepta volverían a sus hogares, en caso contrario repoblarían el país limítrofe. Fernando II, desoyendo a los revanchistas nobles, y ante el temor de despoblarse Zamora, perdona a los rebeldes imponiéndoles dos condiciones: reedificar la iglesia a su costa y acudir a su Santidad el Papa Alejandro III para que les impusiese penitencia. Apenas retornaron gozosos a Zamora, comenzaron a reconstruir la iglesia devastada por las llamas, que habiéndola dedicado a la Virgen la empezaron a llamar Santa María la Nueva.

Como penitencia, el Papa ordenó hacer para el Altar Mayor un frontal o retablo que llevara de plata cien marcos, ciento dieciséis piedras preciosas, y cien ducados de oro para dorar toda la obra. Un siglo después la obra vio la luz, primero como pináculo del Altar de San Salvador y, más tarde convertido en Custodia procesional del Corpus.

A la zaga de estos acontecimientos, subyace el milagro de las Hostias anteriormente descrito. Aún hoy, y tras multitud de vicisitudes, permanecen incorruptas en el Coro Alto del convento de las Dueñas en el barrio de Cabañales.

Poco tiempo después de que las Sagradas Hostias tomaran refugio en la casa de las Dueñas, éstas, en una visita de Santo Domingo a nuestra ciudad, tomaron los votos religiosos de la Orden Dominicana, a las que favoreció Doña Blanca, prima de Don Sancho III, construyéndoles un nuevo edificio junto al Campo de la Verdad, a la vereda del Duero. A mediados del S.XIII una crecida lo destruyó.

Bajo el mecenazgo de Doña Gimena y Doña Elvira, hijas de Don Rodrigo Peláez, se trasladan a una casa de campo en el barrio de Rabiche. La desgracia vuelve a sobrevenir a la congregación y un incendio destruye la residencia.

Nuevamente la comunidad se ve forzada a trasladarse a un palacio, que reciben en donación, en el Arrabal de los Caballeros, hoy Cabañales, donde actualmente viven en devoción con la Santa Eucaristía que ha permanecido incorrupta a lo largo del tiempo y de las vicisitudes de la historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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